El Espejo de lo Cotidiano
En Bolivia, cuando entramos a un museo o asistimos a una feria, nuestra mirada suele buscar lo que ya conocemos. Buscamos el rastro de la tradición, el color del tejido o el ritmo del baile que nos enseñaron nuestros abuelos. Casi por instinto, etiquetamos todo bajo el gran paraguas de la Cultura, como si la creatividad fuera únicamente una forma de preservar el pasado.
Sin embargo, existe una distinción silenciosa que a menudo pasamos por alto: mientras la cultura nos dice de dónde venimos, el arte es la voz que se pregunta hacia dónde más podríamos ir.
La Tensión entre lo Común y lo Singular
La Cultura es el suelo que pisamos. Es ese lenguaje compartido, el conjunto de rituales y significados que nos permiten entendernos sin hablar. En el contexto boliviano, nuestra cultura es tan rica y vibrante que genera un efecto de «gravedad»: atrae toda la atención hacia lo colectivo. Es el refugio donde nos sentimos seguros porque reconocemos cada símbolo.
El Arte, por el contrario, no siempre busca ese refugio. A menudo, es un acto de soledad o de ruptura.
- La Validación de lo Familiar: En nuestra sociedad, solemos otorgar mérito a una obra si «parece boliviana». Si un cuadro no tiene una montaña, una pollera o un símbolo ancestral, nos cuesta encontrarle un lugar. Aquí es donde el arte sufre: cuando se le exige ser un guardián de la identidad, se le quita la libertad de ser una exploración personal.
- El Peso de la Utilidad: A veces valoramos la cultura porque es «útil» para el turismo o para la cohesión social. Pero el arte, en su estado más puro, no busca ser útil; busca ser relevante desde la perspectiva del autor. Es una visión que nace del individuo, no necesariamente de la comunidad.
Cuando un artista boliviano decide explorar la abstracción, la música electrónica o el diseño minimalista sin referencias directas a su origen, suele enfrentarse a un vacío de apoyo. No es que su trabajo carezca de peso, es que no encaja en la definición tradicional de «lo nuestro».
Una Reflexión sobre la Visión
La sutil lección que este fenómeno nos deja es que un país no vive solo de lo que hereda, sino de lo que es capaz de proponer de nuevo. La cultura es el eco de nuestra historia, pero el arte es la palabra que se pronuncia hoy, por primera vez.
Apoyar el arte significa aceptar que un boliviano puede hablar de temas universales sin necesidad de usar el filtro de la tradición. Significa entender que la creatividad no es solo un acto de memoria, sino un acto de imaginación que puede nacer sin pedir permiso a la historia.
La verdadera riqueza de nuestra nación no está solo en la capacidad de recordar quiénes somos, sino en la generosidad de permitir que nuestros artistas nos muestren quiénes más podríamos ser, incluso si esa visión no se parece a nada de lo que hayamos visto antes.
¿Estamos realmente valorando la visión del artista, o solo estamos buscando confirmaciones de nuestra propia identidad en su trabajo?





